Tomeu Canyelles, “L’illa desvestida” (Lleonard Muntaner, 2015)

Illa desvestidaMallorca: la isla del buen tiempo, de las aguas cristalinas, de la arena fina y caliente, de las calas de enorme belleza y, sobre todo, de los cuerpazos imponentes tostándose al amparo del gran astro rey… Para muchos, nuestra isla es poco mas que eso, un lugar de recreo para desfasarse durante la época estival, pasarse todo el día en remojo y disfrutar de la vida sin dar un palo al agua. Para otros, no es mas que el lugar en el que vivir –o sobrevivir en algunos casos– en el que, desgraciadamente, dependemos demasiado de todos esos que solo nos visitan para vivir la vida loca en su corta estancia en nuestro territorio. La máxima misiva para ser visitados –y en muchos casos invadidos– por tanto turista son, esencialmente, nuestras playas.

A día de hoy, aunque a medida que pasan los años cada vez es menos habitual y es casi de nuevo un tabú, no nos escandalizamos ni ponemos el grito en el cielo si alguna fémina practica lo que vulgarmente se llama topless –el tomar el sol y bañarse con el pecho descubierto de toda la vida… Es más, muchos de nosotros lo agradecemos muy mucho. Pero hubo un tiempo, no tan remoto como podríamos imaginar, en el que las costas mallorquinas fueron un cuadrilátero en el que se libraba una visceral contienda entre la libertad de expresión –en forma de lucir tipazo, el pecho o directamente pasearse en pelota picada– y la castidad y la moralidad –en forma de multas, insultos y, en algunos casos, hasta linchamientos públicos. Suecas cañón, dignas de un film de Antonio Ozores, versus las brutales fuerzas de seguridad del estado español. Inglesitas pizpiretas, más blancas que la leche, en bikini, versus rancias hijas del franquismo enfundadas en trajes de baño que no dejaban ver ni un ápice de sus carnes. Hippies nudistas, ansiosos de notar los beneficios del agua salada del océano en sus genitales, versus las mentes retrógradas de los religiosos, sedientos de la sangre de los impuros e infieles. Vamos, que nuestras playas fueron durante mucho tiempo un polvorín a punto de estallar, como si de una partida del Street Fighter se tratara.

En L’illa desvestida, nuestro arqueólogo particular, el Indiana Jones de la parte más outsider y sombría de la historia de nuestro archipiélago, el doctor en Historia Comtemporánea Tomeu Canyelles da buena cuenta de todo lo acontecido en aquel tenebroso periodo para la exhibición de carne en nuestro litoral. Bajo el epígrafe Moralitat contra nuesa a les platges mallorquines, Canyelles desgrana en poco más de 80 páginas una crónica exhaustiva de la evolución del nudismo, el lucir palmito en bikini y el poder expresarse sin ningún tipo de veto en las playas mallorquinas desde los primeros años 30 del siglo pasado, en que hombres y mujeres se bañaban en playas separadas en lugares tan pintorescos como conocidos como la dársena de Can Barbarà, pasando por la primera vez que se pudo ver a una señora en bikini en las pantallas de cine de nuestra isla –que fue la escultural valquiria alemana Elke Sommer, que participó en la película rodada en nuestra ínsula Bahía de Palma–, allá por el año 1962, y llegando hasta los inicios de los 80, en los que aún aparecían cartas dirigidas al alcalde de Ciutat, en las que políticos conservadores explicaban de que manera se indignaban, tanto él como su ínclita familia, ante la imagen de “jóvenes presumidas que descubren la parte superior de su anatomía, para presunto solaz de los hombres y envidia de las mujeres“.

Un texto solemne, serio, conciso, engalanado, con un gran numero de documentos tales como artículos publicados en revistas, circulares gubernamentales, fragmentos de obras literarias o diarios, que consigue informarnos concienzudamente a la vez, aunque parezca imposible, que divertirnos e incluso indignarnos frente a las actitudes tomadas por muchos de los descerebrados que se paseaban por la costa en pos de que la decencia y la rectitud imperara tanto en la arena como en el Mediterráneo, donde tantas mujeres luchaban por ser libres de poder disfrutar y mostrar como y donde quisieran sus cuerpos.

Otra parte reseñable del volumen es la selección de fotografías –pocas, desgraciadamente, bajo mi punto de vista– que lo ilustran. Encontramos, por ejemplo, instantáneas de xeremiers amenizando la jornada a los bañistas en la misma arena, de señoras tomando el sol vestidas de los pies a la cabeza, de turistas alemanas de las que traían por el camino de la amargura a los españolitos en Paguera en plenos años 60, i de los primeros desnudos integrales playeros a principios de los años 80.

En definitiva, en un momento, el actual, en el que parece que eso del puritanismo y la mojigatería vuelve a estar en boga, en el que la picardía parece haber sido olvidada y casi dada por muerta y enterrada, este libro de Tomeu Canyelles es necesario para darse cuenta de cuánto se ha de luchar, aguantar y patalear para poder disfrutar de la existencia tal y como queremos. Que lo que para algunos es pecado mortal, para otros es el más grande de los placeres. Y que lo que realmente importa en este corto periplo de tiempo que pasamos sobre este planeta es vivir y dejar vivir. Y seamos sinceros: ¿a quién cojones le amarga un dulce? ¡Qué vivan las playas llenas de “femelles en pèl”!

Pako Jeremy
About Pako Jeremy
Freak como los de antaño, sus mayores logros siempre han estado ligados al séptimo arte, la caja tonta y el cómic. Periodista gonzo durante más de 10 años en la revista Eros Cómix, se encargó durante ese tiempo de la sección sobre cine para adultos (mejor conocido como cine X) "El cuarto trasero". Dirigió, produjo y presentó el mini-programa de culto "Mondo raruzco" emitido por el canal local Tele Nova. Vocea cuando se lo permiten en la banda Gente tóxica, y es de ir al cine (si la cartera lo permite) dos o tres veces por semana. Con su barba nada hipster que luce es confundido muchas veces con Paul Naschy, cosa que adora.