Diario de un joven punk-rocker mallorquín

Escena (6)

Amb motiu de la nova edició del festival Guarpet Tour 2015, Sebas Verdikt aka Sebast Food, glosa alguns del seus records de l’època daurada del punk rock melòdic a l’illa i ens regala un selecció de cançons de bandes mítiques com No Children (un tema inèdit, de fet), Take It EasyBikeage, Acme Copyright i fins i tot ¡Fucking Lazies

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Primer día de instituto, rodeado de pacorros. Puta vida… Soy un skater de pelo largo proveniente de un pueblo de payeses, a nadie le va a interesar que Greenpeace me envía cartas una vez al mes porque no sé qué me hizo rellenar mi madre de pequeño y que mi padre no se ha enterado de que su disco de Deep Purple está en mi cuarto. Es más, me van a reventar el monopatín en la cabeza.

Todos pasean estúpidos ceniceros en vez de pelo, la ropa más barata de las marcas menos caras y no paran de hablar de sus ridículos ciclomotores pintados con spray por su colega rapper y de todas las pastillas que no han visto en su vida. Me miran, me analizan, no comprenden, les causa inquietud, no les gusta no entender, por eso pulen a hostias todo bulto que se asoma. Yo soy un bulto. Va a ser un laaargo curso.

Julián Merino

Si…

Se dice ‘presente!’, ¿de acuerdo?

Vale, ok…

Julián Merino

Si…

Media hora después de pasar lista por primera vez, y con menos pelo y más arrugas, la profesora dice el último nombre, mi nombre. Yo contesto “presidente” porque soy gilipollas. Todo el mundo se ríe, pero no conmigo. Soy hombre muerto. En cuanto acabe esta clase me toca mi primera zurra, lo veo.

Al fin empieza la primera clase, casi a la hora de acabar. Se abre la puerta, entra un alumno que casi ni cabe de lo alto que es, pelo teñido de negro, cara con cicatrices que parecen esculpidas en mármol, pendiente de calavera y una camiseta que ponía, casi ilegiblemente, “Obituary”. El único sitio libre es al lado mío. Como no. Estoy acojonado, no sé qué es peor, o los killos o este pavo.

Ey, qué pasa. Soy Klaus. ¿Cómo lo llevas?

Ehm, bien. ¿En serio te llamas así?”

Nah tío, es mi tag

Ah, vale“. Ni idea de lo que es eso.

Bikeage (2)Suena el timbre y toma lugar una especie de evacuación durante un incendio en el psiquiátrico. Puertas abriéndose de una patada, chavales atropellados por el pasillo, profesores rodando por las escaleras… Estupefacto presencié el espectáculo, esperando que con la confusión los pacos se hubieran olvidado de mí. Una mano me golpea el hombro.

¿Patinas?“, preguntó Klaus.

Eh, sí. ¿Cómo lo sabes?

Por el monopatín que llevas allí

Ah, sí, claro

¿Puedo?

Sin tiempo para contestar bajó railando la barandilla de la escalera. ¡Este tío es la hostia! Si me aferro a él, hoy no me zurran.

Salí del vestíbulo y me asomé al patio por primera vez. Pacorrolandia en época de celo. A lo lejos, en las escaleras de la cancha de básquet, vi a Klaus con mi skate. Había más gente con camisetas negras y pelo largo. Caminé en esa dirección bordeando el perímetro del edificio principal ya que cruzar el patio era una sentencia de muerte. Al llegar vi más logos de grupos los cuales ni me atrevo a intentar descifrar. Bueno, había uno de Metallica y otro de Nirvana. En la parte más alta de las escaleras (y las más recónditas) había unos chavales con camisetas no-negras, zapatillas más anchas que mi cabeza y cadenas de perro asomándose por el bolsillo. Uno hasta tenía una rasta. Parecían muy concentrados haciendo origami con papel suuuper fino. Uno alzó la cabeza y vio las piruetas que estaba haciendo mi nuevo compañero de pupitre y exclamó: “vaya fristailer mas guapo, chavaaal!” y los demás pausaron su actividad lo suficiente como para decir “fuaaah tíooo“.

La media hora que quedaba la pasé viendo como se estaba creando un culto alrededor de mi patín, con el cual, por cierto, no sabía ni saltar.

El resto del día fue más tranquilo. Mis profesores sonaban igual que los de Charlie Brown y vi como mi compañero dibujaba nombres de grupos para parecer que tomaba apuntes. Sonó el último timbre, esperé a que pasara el Jumanji, y fui hacia el autobús que iba a mi pueblo. Klaus me detuvo.

Escucha, ¿te molaría ir a la rampa que hay al lado de mi casa?

No podía decirle que sí. Se hubiera dado cuenta que no sé ni ponerme encima de la tabla sin caerme y parecería un falso auténtico y ya no me serviría para ahuyentar las palizas kinkis. Así que, rotundamente, le dije que…

Vale tío” porque soy gilipollas. Ya lo dije.

Tranquilamente caminamos en dirección al polideportivo. Con cada paso me ponía más nervioso. Klaus me contó que había repetido tres veces este curso en Palma, y que por eso sus padres le trajeron aquí, porque pensaron que sería “más fácil” (más tarde descubrí que era para alejarle de, ehm, “pasatiempos ilegales“). Que le flipaban las películas de Bruce Lee, y que su grupo favorito era Bad Religion.

¿Los conoces?

¿Barrelillo? Creo que tengo un recopilatorio de la Rock Sound en el que…

No tío. Son punks. No salen allí

Más tarde salieron infinitas veces, incluso en ridículas poses. Pero todavía no. Me acercó uno de los cascos de su Walkman.

Escucha esto y flipa

Un poco asqueado con el pegote de cera que acompañaba el auricular, me lo puse.

Nunca había escuchado nada más rápido, más distorsionado, más sucio y, extrañamente, más melódico. Era como un coro de iglesia acompañado de motosierras oxidadas. Me costó distinguir las letras pero, en cuanto llegó el estribillo y oí repetidamente “Quantity or quality!? Quantity or quality!? A choice you have to maaake!” me di cuenta que mis ojos se habían resecado de la implosión neuronal que padecí en aquel momento.

Dio al botón de stop, y me miró sabiendo que había cambiado mi vida por completo.

Está guay, eeeh?

Me jorobó el rintintín de su voz, pero tuve que admitirlo.

Eso… eso es la hostia joder

Ya empezaba a hablar como un punk.

Acme Copyright

El polideportivo estaba cerrado por obras, así que nos fuimos a su casa a escuchar música.

Su madre era encantadora: me hizo un bocadillo de tableta de chocolate y me lo dio con una sonrisa. Flipé. Jamás me hubieran dado eso en mi casa.

Mi nuevo mejor amigo sacó una caja negra y de ella empezó a sacar cinta tras cinta, todas con las portadas dibujadas a boli BIC, pero con tal esmero que a veces mejoraban las originales. Reconocí Sepultura y Beastie Boys. Me tiró unos cuantos después de una meditada selección y me obligó a que me los llevara.

Esa noche descubrí Lagwagon, La Polla Records, Vandals y Kortatu. No dormí en una semana.

Cuando llegó el fin de semana, me desperté y deambulé hacia la cocina a comerme mis Chocapic con leche habituales. Con el rabillo del ojo vi la guitarra española de mi padre, que no se había movido de su sitio en probablemente una década. Le bañaba otra luz. Era el trasto inútil más hermoso de la casa. Me senté a comerme mis cereales mientras no le quitaba ojo. Dejé el bol a medio comer y me dispuse a hacer carne picada con mis muñones mientras hostiaba las cuerdas. El estruendo colapsó totalmente la noción de ‘sábado por la mañana’ que tenía mi padre en la cabeza y vino en seguida a tirar la guitarra por el balcón. No lo consiguió ni aún habiéndole dejado hacerlo, ya que aquello era el último eslabón que le vinculaba con sus frustrados y juveniles sueños de estrella del rock. En vez de eso, me enseñó a hacer una quinta, la más esencial de los acordes y la piedra angular del Punk Rock.

Escena (5)

Al día siguiente ya tenía grupo. Un vecino un poco más mayor que yo robaba piezas de repuesto de la banda del pueblo y se montó algo similar a una batería. El guitarrista era Klaus, y yo cantaba porque sabía inglés de tanto veranear en Magalluf. Nos llamamos Killer Spit (si, gapo asesino) y ya estábamos ensayando para nuestro primer bolo: el miércoles siguiente en el cumpleaños de la hermana de Klaus.

Tocamos dos canciones propias, “la rápida” y “la del cambio raro“, y una versión de The Offspring. Nadie jamás la reconoció.

Momentos antes del concierto hicimos una “prueba de sonido“, lo cual se traduce a encender los amplis y ver en qué posición y a qué distancia nos teníamos que colocar para que dejasen de acoplar.

El “público” (las amigas de la hermana, los padres, y la abuela) juntaron un par de sillas de plástico y empezaron a dar palmas mientras gritaban al unísono “que empiece ya, que el público se va!” y antes de acabar esa frase ya habíamos terminado. Éramos rápidos. Muy rápidos.

Viendo la cara de insatisfacción de nuestros primeros fans, decidimos tocar todas las canciones tres veces seguidas sin espacio entre ellas. Nos dimos cuenta que así parecía una canción de verdad. Nació nuestro primer y único hit: “Cake Good, Birthdays Bad”.

Ensayábamos cada día. No podíamos esperar el timbre para salir follaos de clase e ir al garaje a hacer caos sonoro a volúmenes descerebrados. En realidad hacíamos de todo ahí dentro, no sólo tocar. Yo me divertía pintando con espray los trapos que teníamos colgando, el batería estaba constantemente cambiando los instrumentos de lugar y trayendo basura nueva al local (básicamente neumáticos usados, bidones de cerveza vacíos y señales de tráfico robados) y Klaus… bueno, Klaus miraba tablaturas e intentaba averiguar qué significaban.

Gatlink

Gatlink

Después de una o dos horas de hacer el capullo, bebíamos. Era mi primera experiencia con el alcohol, así que media lata caliente y sin gas me bastaba para creerme el tío ese de Good Riddance (el cual, a pesar de mis desconocimiento, ni miraba la cerveza).

Después de uno de esos ensayos, decidimos ir en busca de un bajista. No sabíamos muy bien para qué servía, pero todos los grupos tenían uno, así que nosotros también teníamos que tener.

Era viernes por la noche y había un concierto de grupos locales organizado por el ayuntamiento en un parque acuático que se fue a la quiebra en los 80. Nos subimos al autobús y nos pusimos detrás del todo para pintar nuestro logo en las sillas. En una de esas sillas había una fotocopia, el doble de un folio de grande, doblada en tres partes. Hablaba de música. Anunciaba conciertos. ¡No cabía en mí al ver que había otras bandas que tocaban “punk” según ese folleto!

Mientras los otros dos discutían quienes fueron primeros, los Green Day o los Operation Ivy, yo leía una reseña de un disco de otro grupo punk en el que salía dibujado un gato drogado con picha humana, apoyado en la caseta de un perro. Decían que era para amantes de NoFX y Propagandhi. ¡Yo era eso! Además decía que la semana siguiente tocarían en Palma. Amenacé con dejar el grupo si alguno no conseguía robarle el coche a su padre para ir a ese bolo. Ambos rechazaron el reto.

Thrash Out

Thrash Out

El bus paró, nos bajamos. El parking estaba a rebosar de gente. No entendíamos nada. ¿Esto no era un concierto de rock? Un momento… ¡Esto es un concierto de rock! Nos dimos cuenta de que no había ningún pacorro, y los único pijos eran mandados del ayuntamiento. A la vez nos dimos cuenta de que esa noche iba a ser la hostia.

Mientras empujábamos sutilmente a gente que fumaba para entrar, nos pararon para que pudiera pasar una de las bandas que entraba los instrumentos. ¡Reconocí a uno de ellos! ¡Jugaba conmigo a básquet! Pero aquello me confundió ya que siempre salía del vestuario con polo y náuticas. Ese pobre chaval no llegó ni a tocar porque sus padres ultra-conservadores descubrieron que no había ido a jugar a la Súper a casa de un amigo, si no a “hacer el gamberro y humillarse delante de mucha gente” y se lo llevaron de ahí a gritos y collejas. No sabía que hubiera punkis dentro del armario.

Saboreamos nuestra libertad de expresión un rato y entramos al edificio principal, una imitación de una antigua taberna del salvaje oeste hecha sala de conciertos. Nos perdimos de vista un puñado de veces ya que el humo del tabaco convertía aquello en Londres durante el invierno, pero cuando apagaron las luces y empezó el primer ampli a sonar, fuimos atraídos como por magnetismo al escenario y nos encontramos en lo que más tarde llamaríamos “el pit”.

Take It Easy

Take It Easy

Sin dar crédito vimos como un tío que sólo llevaba albornoz, otro que tenía pinchos en la cabeza más grandes que su antebrazo y otro que vestía de Superman, hicieron más ruido del que jamás hubiéramos presenciado en nuestras cortas y ridículas vidas. La energía que desprendían los altavoces, las luces intermitentes y de infinitos colores y los empujones de los demás nos obligaron a saltar y a empujar con más tralla que en todas las clases de educación física juntas. Descubrimos sin querer el Pogo y el Mosh.

Después de este grupo, los Fucking Lazies, tocaron más grupos, la mayoría nu-metaleros y alguno grungeta, pero además tocaron Hangover y Fast Food. Después de cada concierto fuimos corriendo eufóricamente hacia los miembros de los grupos para dejarles claro lo mucho que había “molado esa mierda” y que teníamos que tocar juntos en seguida. No había tiempo que perder.

El cantante de Hangover era superfan de Bad Religion y era skater. Llevaba años dejándose la piel en la plaza de Sa Faixina y conocía a todo el mundo en Palma. Nos dijo que nos llevaría encantado al concierto ese que había leído en la fotocopia aquella del autobús, en la… no sé ni cómo pronunciarlo; ¿Iuzink?

***

La semana se hizo eterna. Ni tan siquiera la idea de ir al local me quitaba de la cabeza el bolazo que vimos, ni el bolazo que veríamos. Estaba repleto de satisfacción al saber que había una subcultura donde me podía rodear de náufragos del barco de la normalidad y ser quien de verdad sentía ser, libre de prejuicios de terceros.

El viernes del concierto, a primera hora, Klaus me acercó una cinta de casete y me dijo que ese era el grupo que veríamos esa noche.

¿¡QUÉ!? ¿¡De dónde lo has sacado!?

Me lo dejó el pavo ese de Hangover el sábado pasado

¿¡QUÉ!? ¿¡Y has esperado hasta ahora para decírmelo!?

Bueno tío, quería escucharlo tranquilo

No cabía en mí de lo frustrado que me sentí en ese momento, pero aglutiné concentración y saqué el Walkman y metí el casete de estos tales Take it Easy.

Sonaba a rayos, pero en seguida supe que esta isla no tenía nada que envidiar a nadie del mundo. Salió de mi un “Fuck you, California! Mallorca es Punky!” en plena clase de química.

Todo el mundo ya se había ido, pero nosotros seguíamos en las verjas del insti, esperando a que vinieran con el coche de una vez. Llevábamos una hora esperando y ya dábamos los planes por aniquilados, pero al fin se acercó un machacado Seat Panda con el colega de Hangover fumándose un fly tras el volante y con la cabeza asomada por la ventanilla.

¡Vamos peña! ¡Que llegamos tarde!

Eso ya lo sabíamos, carapán.

Otherwise

Otherwise

Para arreglar un poco la situación, nos puso un CD de unos pocos temas que había conseguido de uno de sus colegas skaters. Nos encantó. No Children era un grupazo. A la altura de todo lo que habíamos escuchado hasta ese momento. Por eso nos voló la cabeza cuando dijo “son de aquí y también tocan esta noche”. Pensamos que nos tomaba el puto pelo.

Después de dar lo que parecieron 80 vueltas a la plaza Gomila, al fin encontramos un hueco. Al salir del coche reconocimos a todos los idiotas que iban a nuestro instituto, todos en sus mejores galas (chaqueta adidas, zapatillas buffalo, cadenita de oro y pelo cenicero) en la puerta de un garito donde se podía leer en neón: Bulevar Mediterráneo. Nos avistaron, nos señalaron, nos giramos, miramos el cielo, y nos pusimos a caminar en sentido contrario.

No caminamos ni un minuto cuando de repente nos vimos envueltos en un mar de pelos de colorines, collares de bolas, piercings en cejas y pantalones más anchos que una tienda de campaña.. “Cojonudo” pensé sexistamente, “estamos en casa“.

Pagamos 500 pelas y entramos justo cuando empezaban a tocar “Enjoy Rock ‘n’ Roll” los Thrash Out, peña de zonas tirando hacia el centro de la isla, de las mismas zonas que la banda anterior que nos perdimos, Painful, y las mismas que los autores del Katherine J. Cocks que habíamos escuchado de camino al concierto. El grupo al que habíamos venido a ver, sin embargo, venía de todavía más lejos, de la costa este, cuna inexorable de punk en todas sus vertientes.

Painful

Painful

La euforia de estar inmerso en un momento en el que os encontráis cósmicamente disueltos, tú, tus amigos y sinfín de colegas en potencia, es el adhesivo de un organismo que es mayor que la suma de sus partes, mayor que los punkis en los que nos habíamos consolidado. Esa noche se creó una escena.

Esa noche fue el pistoletazo de salida de una avalancha de conciertos donde tocaron un ciclón de grupos. Cada fin de semana tocaba discutir seriamente con los colegas a quienes iríais a ver esa tarde/noche, y, evidentemente, nunca os poníais de acuerdo, pero el consenso final siempre fue el más acertado.

Los veranos eran otro cantar. Aquello se convertía en una orgía de bolos en bares de pueblos, pubs turísticos, plazas de urbanizaciones, afueras de polideportivos, recintos de monumentos históricos, y salas de dudosa higiene y delicada estabilidad estructural. Incluso en un jodido molino. ¡Ah! Y en una granja de cerdos. Al lado de un tractor. Sin bromas.

Hubo además un boom de material musical que nos llegaba a las manos (grabados en los locales que fueran por Dani Paz o en Sonic Temple para aquellos que tenían un pelín más de presupuesto). Uno de estos CD fue el primero de One Foot, la gran promesa isleña y el primero que yo rulé a Klaus y no a la inversa. Todo un hito personal.

Tío. Esto… esto quiero aprender a hacerlo yo“, me decía.

Claro. Y yo. No te jode“, contesté regocijándome en lo agudo que me creía.

Klaus suspiró y me gesticuló como invitándome a dejarle en paz un rato.

Me fui a mi casa, tiré la mochila en una esquina, saludé a voces, y me fui hacia el ordenador dispuesto a meterle tralla al módem de 56k que nos instalaron esa misma mañana… pero como era evidente, ¡tuve que esperar media hora hasta que mi hermana dejase de taladrársela a quien fuera por teléfono!

No Children

Una vez sentado abrí el IRC y me metí en mis canales habituales, de entre los cuales mi favorito era #mallorca-punkrock, aunque nadie hablase nunca de la temática que nos ocupaba a todos allí, salvo un día que un tío cuyo nick no recuerdo me abrió un privado y me enlazó un evento que salía en el foro de Isladelamusica.com. Se trataba de una fiesta de cumpleaños en casa de alguien. Tocaban los One Foot y un par de grupos más que no conocía, pero eso daba igual. Apagué el módem, llamé a Klaus, le conté la situación y me dijo “¡Vamos!”.

Cuando llegamos a la dirección adecuada (tras perdernos por las angostas cuestas y caminos serpentinos de Peguera) vimos que aquello no era una fiesta de cumpleaños convencional, si no una verdadera cúpula del trueno sin ley alguna.

Resultó que los padres se habían ido de vacaciones (o algo similar) y dejaron su chalet de dos pisos con piscina a cargo de su adolescente, durante su cumpleaños.

De entre el medio millar de personas que ahí debieron estar, quisimos saludar a los colegas que habíamos ido haciendo tras tantos bolos, pero la sangría y la baldosa forman una combinación mortal para chavales con suela desgastada, así que nos quedamos cerca del contenedor lleno de latas de cerveza, donde todo el mundo volvía repetidas veces, y desde donde pudimos presenciar hostias más espectaculares que las de Vídeos de Primera y Humor Amarillo juntos.

En un lado había tumbonas encima de grama, y encima de eso habían personas hormonales imitando escenas del Nit de l’Erotisme del Canal 9. Al otro lado había un “escenario” junto a una barbacoa donde los que tocaban no dejaban de electrocutarse al estar sus amplis enchufados a tomacorrientes bañados en alcohol y agua con cloro.

Escena (2)

Detrás de nosotros había la piscina, donde la gente se tiraba vestida y con el móvil y la cartera en los bolsillos (teníamos tantos que nunca podíamos vaciarlos todos). Fue durante uno de esos momentos, en el que una tía salió vomitando tras un hundimiento forzoso bajo el agua, que me di cuenta que Klaus ya no estaba conmigo, sino que había organizado un club de atrevidos que consiguieron llegar al tejado y empezaron a tirarse desde allí a la piscina. Algunos esquivaron a otras personas por milímetros, y otros esquivaron el borde de la piscina por milagro.

Todo esto sucedía a la vez: Electropunk, patinaje mortal, triple X en el césped y lluvia de hombres. Todos y todas con más etanol que plasma sanguíneo. Fue la hostia.

Fufu's Party

Aún resulta un misterio si los padres volvieron pronto de sus vacaciones o es que estuvimos allí tres días, pero el caso es que les dimos la bienvenida haciéndoles el mayor Aviso Aviso Mosca que he presenciado en mi vida. Al final del túnel de las hostias alguien les vació el contenedor de hielos en la cabeza. Sólo se oían cantos de guerra apaches y gritos dignos del West Ham United, pero ellos no perdieron la cordura, y mientras el padre llamaba a la policía, la madre imploraba a los borrachos de su tejado que no se suicidaran.

Vimos el momento de escapar y así lo hicimos, junto con la mayoría de la gente, con quienes acabamos todos en la playa, concentrándonos en la puesta de sol para no entrar en coma etílico.

Durante ese silencio tras la guerra, alguien dijo “bueno, que sepáis que ya no vamos a ver al Fufu nunca más. Ése es hombre muerto“, a lo cual alguien respondió “¿y quién coño es Fufu?“. Resultó ser, ni más ni menos, que el anfitrión de una de las fiestas más radicales de la historia, el histórico Fufu’s Party.

Otro evento radical fue el día que me dijeron que me habían aceptado en la Universidad. Incrédulo le dije a mi madre “¿puedes leer tú la carta? Creo que se han equivocado“, pero no. Así que llamé a mi familia más cercana y les dije que me costaría mucho ir a ensayar, porque tenía que irme a Palma a estudiar. Fue un golpe devastador para la banda y no duró mucho más después de eso, y mi amistad con ellos se desestabilizó hasta el punto de apenas vernos, salvo para ir a algún bolo si nadie más podía.

Uno de esos conciertos me lo recomendó un nuevo compañero de clase, el guitarrista de NoseBone, que me dijo que unos amigos suyos montaban un festival en el Pueblo Español.

Jajaja… ¡anda ya!“, haciendo un ademán de incredulidad con la mano.

Sí, sí. En la Sala Flamenca“, me dijo mientras me miraba impasible.

Atónito solo supe decir la verdad.

Pues… pues habrá que ir. ¿No?

x_Carteles (2)

Y así fue. Entramos por dos torres medievales, pasamos por una plaza madrileña, y entramos en un edificio andaluz con folclóricas marcándose zapateaos pintadas en las paredes. Ahí un tío muy alto y muy delgado nos dijo con voz apenas perceptible “ey, güenas, siete euretes por favor” y nos intercambió las divisas por un trozo de papel.

Una vez dentro vimos a todo el mundo. Incluso a los de mi ex-banda, a los cuales echaba de menos más que nada en el mundo.

Ey, ¿cómo va?“, pregunté a Klaus de la forma más seca que supe.

Guay. Aquí” me devolvió el favor.

Nos quedamos ahí de pie esperando a que empezaran los primeros y de repente vi a mi compañero de clase sobre el escenario con su nuevo grupo Acme Copyright, los cuales demostraron ser bastante payasos. Tras estos: One Foot y el dúo perfecto de Take it Easy y No Children, y acto seguido No Way Out de Barcelona y Fletcher del Reino Unido, donde, de la nada, apareció nuevamente el tipo de Hangover cantándose unos coros.

The Millors

The Millors

Hubo un ambiente de entrega, diversión e interactividad entre bandas y público que jamás volveríamos a presenciar en la isla. Fue tal éxito este viaje punk rock, que pronto se hicieron otras cosas similares en esta misma sala, con otras bandazas como Gatlink ¿o era Unnamed? y Punch, ¿o era No One Else?

Cabe añadir que ya no bebía cerveza para emborracharme, me lo bebía porque verdaderamente me gustaba.

Poco después descubrí que el tipo de la puerta, junto a su posse, seguiría organizando eventos de este calibre, sobre todo cuando la zona de El Terreno lo conquistaron los punks por segunda vez (aunque esta vez con gorras en vez de crestas) y estalló un sin parar de bolos en los Casinos (el pequeño y el grande), el Fraguel, Nagual y Rara Avis, Jumping y Sonotone, Es Rustic, El Carrousel, un bar de fans de rugby cuyo nombre nunca molesté en aprender… incluso en el CSOA s’Eskola. Pero todo aquello no tardó en expandirse.

Pronto empecé a leer sobre festis que se montaban en el hipódromo, en los nuevos locales de ensayo de Son Castelló y en los viejos de Son Bibiloni, concursos en Calvià y en Llucmajor, conciertos gigantes en el velódromo de Son Moix y en un párking municipal de Puigpunyent… pasó de ser una secta adolescente en antros a ser todo un movimiento juvenil en amplios y adecuados recintos controlados por las autoridades locales y/o empresas privadas cumpliendo con todas las asépticas y aburridas normativas impuestas por mandamases encorbatados.

Durante este auge empezaron a acudir a la isla grupos internacionalmente reconocidos, atraídos por los rumores que emanaban desde una pequeña roca del mediterráneo. Los israelíes Useless I.D. abrieron la veda por la que pronto pasarían Undeclinable, Not Available, Comeback Kid, Parkway Drive y The Real McKenzies.

No Children (3)Los siguientes años, mientras me daba cuenta de que estaba perdiendo el tiempo en la universidad, empecé a sentirme desvinculado emocionalmente de la escena. Todas las bandas que adoraba habían hecho un Rise Against (dícese de cuando una banda pasa de ser Black Flag en potencia a un Nickelback wannabe), y los grupos nuevos tenían influencias con las que ya no me identificaba, independientemente de lo buenos que podían ser como banda (como por ejemplo la fusión de los Tumble Down, Fade Away y No Advice).

Harto de tanto cambio me propuse juntar de nuevo a la banda y tocar con algunos grupos con los que nos hicimos colegas (los Bikeage siempre estaban dispuestos). Cuando llamé a casa de los padres de Klaus para decirle que sentía haber sido tan rancio y haber pasado de él durante tanto tiempo, su madre se me echó a llorar y me dijo que no sabía nada de él desde hacía años. No supe muy bien cómo reaccionar, así que solté un irrisorio “bueno, ya dará señales de vida, ya sabes cómo es” y colgué ojiplático.

Me propuse averiguar qué había pasado.

Tras ir a algunos conciertos para ver si daba con conocidos en común y poder extraerles información averigüé -además de que la escena estaba más viva que nunca con bandas como Japan Air, Lack of Blame y Lost Anywhere– que Klaus había ido de pueblo en pueblo buscando peña que quisiera montar una banda y abandonar la isla, para así tener infinitamente más facilidad para pasear su música en furgoneta, de garito en garito, por toda Europa. Esto me lo contó el batería de Looking for Susan en un bar del Arenal donde vimos a Dropout y Otherwise años antes. Éste casi le dice que sí a la propuesta.

Lo último que se sabe es que se fue a Berlín a probar suerte. A pesar de su nula habla alemana, seguro que con su saber hacer estará rockeando duro a la gente que vaya a verle. ¿Quién sabe? Probablemente me guste su nuevo grupo y ni sepa que toca en él. Desde que toda la música está en Internet, gratis, ya no me entero de quién toca dónde, en qué año salieron los discos, ni qué sellos discográficos han dejado de existir. Me resulta todo menos interactivo, menos comprometido, menos arriesgado. La música se ha convertido en algo tan aséptico que tan sólo sirve para amenizar mi rutina, y ha dejado de ser  una fuerza en la que invertir toda mi energía y pasión.

x_Carteles (6)

Pero de esto ya me avisó mi padre, ese viejo que había encarcelado a su joven rocker para poder amoldarse a la norma social y así poder darle a su familia todo lo que necesitase.

Sus palabras todavía hacen eco en mi: “Algún día, todo esto te parecerá una mierda“.

Ahora que contemplo pedir un crédito para poder regentar una pamboliería, o abrir una sala de conciertos acústicos, o ¿por qué no ambos? pienso en retrospectiva, en esa inquietud generalizada de hacer música e ir a todos los conciertos por miles de chavales, lo comparo con lo que veo hoy y…

Es posible que haya tenido la gran suerte de haber vivido la última escena