La obsolescencia del arte

Adriana Opinió¡Hay que reflexionar más, señoras y señores, yo misma y sobre todo yo –esta es una guerra personal– tengo que reflexionar más!

Esa vacilante facilidad con la que los juegos dadaístas, por poner un ejemplo de tantos, nos han hecho creer que lo que hacemos es arte, ha acabado por estropear la eficiencia y finalidad de aquello que hacemos, hasta reducirla a ese batiburrillo que hoy se expone, se edita o autoedita. Emerge así la basura, imparable y veloz, por el tubo impalpable que tenemos inyectado en la frente y que llamamos Internet, por poner un ejemplo de tantos.

El hacer por hacer reina en el más absoluto absolutismo, sin ninguna clase de barrera que contenga o sea capaz de filtrar qué debe viajar o qué, pudrirse merecidamente en un cajón. Tampoco nadie que lo ofenda, ¿dónde están aquellos que son capaces de destruir de un solo soplido el hogar del mequetrefe artista? Responderé a eso aunque no lo sepa: bajo tierra. Esos cadáveres sonrientes que yacen bajo los escombros de la Segunda Guerra Mundial. Entre lápidas envueltas por flores de tela y plástico y besuqueadas por turistas.

¡Y es por eso que te maldigo déspota ignorancia! Por hacerme creer durante breves alucinaciones momentáneas que todo aquello que hice en vano (ahora lo sé) tenía un fin. Por engañarme diciéndome al oído por las noches que aquel final era diferente al de la hoguera.

En ese punto arbitrario y sin criterio balbuceamos caprichosos, careciendo de cualquier atisbo de autocrítica, pequeñas obras que no son más que trozos inconexos de residuos mentales, traumas, sueños e imágenes que no sabemos que mierda hacen allí, y que nuestra mirada cegada y estúpida convierte en arte porque sí, porque lo digo yo. Y porque todos asienten, aplauden y se cagan en todo. El aplauso, amistoso aunque sea, es la zancadilla final al pretendiente del arte, ¡cuidado!

Porqué el arte, al fin y al cabo, lo hemos convertido en una parodia de sí mismo. Una jodida manifestación artística elaborada por un ente descerebrado y engullida por un receptor comelotodo que no se queja, y si lo hace, lo hace mal, con la rabia del que es incapaz de dar un do sin desafinar. La democratización del arte: ¡bobadas, falacias, demagogia! Que regrese el fascismo académico, y ¡rápido! Hay un cadáver que devolver a la vida, aunque esto acabe con mis pretensiones y me hunda más de lo que lo hago yo misma.

Incluso, escribir la más bella de las novelas, por poner un ejemplo de tantos, es hoy una gran parodia; el intento ridículo de postergar lo que hicieron otros, mucho mejor que tú, claro. Hacer las cosas mal: escribir mal, pintar mal, tocar mal, bailar mal, componer mal y dibujar mal. ¿Cuándo llegará la obra contemporánea que nos erice los poros del brazo como lo hace una estatua gigante de mármol? Responderé a eso: nunca. O quizás sí, pero seguro que no seré yo, ni ninguna de las personas que conozco, quien la haga, porque si esa persona existiera se habría suicidado o la habríamos devorado entre todos.

Aunque tenga que reconocer que me gusta la mierda (no en un sentido literal, ¡pervertidos!) y las cosas mal hechas, por complicidad seguramente, no exime que mi percepción sea la que es: la del artista consagrado como un delincuente y el que intenta serlo como un idiota entrañable.

Yo misma aprovecharé este descalabro tipográfico para disculparme. No por el hecho de haberlo “intentado” y ser idiota a secas, sino por haber creído que de verdad lo “hacía”, que lograba aquello que llamamos arte. Esa cosa de lo que todo el mundo habla, pero nadie sabe explicar. Aquello que tanto odio y amo. Amo, sobretodo, por el hecho de haberme ahorrado tantas veces la consulta con el psicoanalista.

¿Qué hubiera hecho yo sin aquella abstracta representación divina y ombliguista –sobretodo eso último– que nos acerca a los dioses, nos aleja de nuestra miserabilidad humana, dibuja –más bien desdibuja– nuestro infortunio como si fuera una virtud y convierte lo feo –si está bien contado– en algo solemne? ¿Y qué hubiera hecho yo si no lo hubiera intentado o si no siguiera intentándolo a pesar de mi desencanto fehaciente? ¿Por qué? ¡Maldita sea! ¿Por qué tendremos esa necesidad? ¿Qué bromista cósmico depositó en nosotros esta noción de la belleza –aunque sea horrenda– y ésta, nuestra disposición a percibir el arte? ¿Por qué no podremos limitarnos a esperar la muerte como hacen tantos? ¿Por qué se nos dio la capacidad de deleitarnos y no la de poder crear tal deleite?

En este punto muchas pecheras se estarán hinchando de orgullo, como los pavos reales en celo, pero también hablo de ti, consagrado, no eres ninguna excepción, posiblemente la menor de las excepciones. A ti también te incluyo en la lista de pretendientes, pues quien decide el que está dentro o está fuera, sea posiblemente el menos indicado para decidir tamañas sentencias. Y sin embargo allí estás, clavado en ese trono, orgulloso de hazañas que podría haber hecho cualquiera; yo misma o tu vecino si hubiera tenido la perseverancia y la flor en el culo de la que gozas. ¿Crees que no? ¿Crees que es tu talento arrollador el que te ha llevado hasta esa gloria compacta e intocable?

Lo que yo crea no importa, aunque sea la que escriba. El espectador podrá juzgar aquello que cae en sus manos, por voluntad de no se sabe quien. Y es que el artista en algunas ocasiones merece tales favores, aunque temo que en otras sea la arbitrariedad o su talento para pelarse las rodillas quien dictamina si llega o si no. Quiero creer que existe un criterio, y ése, como todos sabemos, no puede ser otro que el tiempo. Y de éste me fío más que de cualquier otro. Pero luego pienso en los genios arrinconados en las sombras; y sólo puedo desear arroparles con las sábanas dándoles un beso mortal en la frente de buenas noches mientras intentan conciliar el sueño en su angosto y obscuro subsuelo.

Aunque estas palabras no sean más que el alarido colérico de quien busca algunas respuestas, me siento en posición de trasmitir las dudas que me invaden a cada rato y sobretodo en este momento. Momento en el que, tras intentar hacer durante años eso que ni siquiera sé que es, con esfuerzo, pero con vaga perseverancia y, sobretodo, con esa arrogancia típica de quien se cree iluminado para perpetrar tal asesinato, puedo asegurar que no lo he conseguido.

Lamento profundamente que mi rebelde indisciplina sea la principal causante de tales padecimientos y no quien lee. Pero esta es mi forma de queja más pura y el intento desesperado por convertirla en arte. En arte malo. El mismo que me hace gozar, pero no consigue conmoverme.