Violencia, subversión original

Mate a su jefeSi bien terminaba mi última columna especificando que no era un alegato en pro de la violencia, unas semanas después quiero aprovechar la oportunidad para apostar por ella. Y es que creo tanto en la destrucción como en la creación como configuradores de la realidad que percibimos, liberado con esfuerzo (y con importantes lapsos de enajenación) del yugo del bien, el mal y la culpa, pilares sobre los que se asienta, para la comodidad de unos pocos, nuestra sociedad y costumbres.

Y es que uno no puede permanecer ajeno al dolor de los demás, aunque lo ignoremos. No puede permanecer ajeno porque es responsable y colaborador necesario.

No hablaré del negrito de África, ni del vecino desahuciado, ni de las colas diarias para recoger alimentos porque son síntomas, no el problema. Ha pasado ya el momento de las reflexiones (sí, estoy reflexionando porque soy gilipollas), las buenas ideas y las propuestas alternativas.

Tampoco hablaré de Pasivismo 2.0, esa mierda change.org y demás de firmas digitales que de por sí hace despreciable al que participa en ello; despreciable por su ignorancia, no es que el hecho esté mal en sí mismo. Porque hay que ser estúpido para utilizar esas lavativas morales para ocultar lo miserable y cobarde que es uno. Yo lo soy y no lo oculto.

La subversión y la violencia es (y digo “es”, no “creo que es”) la respuesta natural al abuso y la opresión, así como podemos ver también que es lo que redefine constantemente el universo. Pero somos necios hasta tal punto que nos maravillamos de las preciosas erupciones solares mientras lamentamos el enésimo terremoto en una falla tectónica donde a la gente se nos ha ocurrido vivir; puebla un volcán inactivo durante 150 años y luego habla de “desastres o catástrofes naturales”, claro. Somos humanos. Y dioses, sí, de la contumacia.

Y es que resulta lamentable, realmente triste, ver cómo las manifestaciones se asemejan ya más a un rebaño, un triste tributo a la ganadería trashumante, donde ¡oh, sí! 100.000, 500.000 o 1.500.000 de personas se reúnen para balar lo que todo el mundo cree (por cierto, permitidme un inciso: Tambores por la Paz, dejadnos en paz, putos pesadillas. O cuando se hacen huelgas de 15 minutos, ahí, haciendo daño.

La verdad, no sé si la policía pega a la gente por tontos o para hacerles creer que lo que están haciendo tiene un valor más allá del de ocupar el espacio público. Pero está claro que con ello alientan un movimiento prácticamente estático, si de cambiar cosas hablamos.

No voy a negar que históricamente han supuesto pasos necesarios en una dirección probablemente correcta, o cuanto menos mejor, pero tiene delito que huelga general indefinida, por ejemplo, no forme parte del léxico de los agentes sociales que movilizan a esas masas. Tiene delito porque la acción que proponen no implica cambio alguno en la actitud de la sociedad, y desde luego no voy a esperar ese discurso de la casta política.

Porque lo que faltan son huevos. Nadie está dispuesto a perder sus privilegios voluntariamente, aunque cuando es forzado por la “coyuntura económica” la cosa cambia siempre y cuando conservemos alguno.

Aún me acuerdo de vuestros llantos por las Pussy Riot, y a un nivel local y reciente, por la historia de Rodo Gener, ese actor apartado del canal autonómico por participar activamente en movidas antiTIL.

Resulta amargo comprobar que el lugar del orgullo y de la acción lo ocupan declaraciones de apoyo de carácter victimista. Esa gente con sus acciones no buscan la compasión o volver simplemente a su anterior situación, no; muestran que el camino hacia algo mejor o por lo menos diferente, se construye asumiendo la pérdida y enfrentándose al poder desde la acción cotidiana para construir derechos para todos en lugar de mantener los privilegios de unos pocos.

La destrucción de lo inaceptable y la reconstrucción de la dignidad no se consigue sin esfuerzo, y esas personas (y muchas otras más) son ejemplos y motivos de orgullo, no de compasión. Son referentes, no víctimas.

Pero pocos pueden contra el miedo. Es difícil afrontar la vida sabiendo que tendrás más problemas que los demás precisamente por defender lo que crees justo para todos. Es de personas íntegras y valientes, y no lo somos, en realidad.

La acción violenta aparece como la única salida a esta situación enquistada y crónica. No valen parches y medidas políticas que perpetúen el orden actual de las cosas. Ya no hacen falta razones ni argumentos, ni buenas palabras, ni el ridículo pensamiento positivo, ni alternativas energéticas o medidas macroeconómicas.

Hace falta violencia, destrucción, guillotinas, caos, fuego, sofisticadas bombas y cócteles molotov.

Los índices de miseria y depresión tanto económica como moral son alarmantes. Basta ver los datos de consumo de ansiolíticos y las cifras de suicidios, si uno es incapaz de verlo por sí mismo en el día a día, para darse cuenta de que principalmente hay una cosa que está mal enfocada: el enemigo.

Hay que dar salida al odio que como sociedad nos carcome por dentro, porque ser tu propio verdugo es inaceptable.

Fuego a todo.