168.200 hostias

Santa en Palau GR / OFF

Obra de Carles Gispert per a l’exposició SR/ OFF

Fenómenos como el de este Sant Sebastià, con una gran cantidad de propuestas alternativas a la fiesta (ya me entendéis) oficial, siempre me hacen reflexionar acerca de suplir a los poderes en sus funciones.

La absoluta ruptura que existe entre las instituciones y el pueblo, agravada por la idea de que la política sólo la ejercen los políticos profesionales, alimenta una espiral perversa con la que se acelera el desmantelamiento de lo conseguido hasta hace poco (que según desde que perspectiva podemos considerar que no es mucho) en términos de cultura, y que es de lo que voy a hablar en esta columna, porque como hable de todo en general me cago en Dios y me sobran caracteres.

Y es que no nos engañemos, conociendo de primera mano el esfuerzo a nivel organizativo y humano de la gente que lleva a cabo este tipo de propuestas alternativas, y pudiendo observar que el objetivo último y principal de este trabajo es tener una fiesta digna, uno siente que tal vez no sea verdaderamente algo por lo que luchar, a pesar de lo que digan Beastie Boys. Y me importa la fiesta bastante, como muchos sabéis.

El enemigo seguirá en el despacho, o por lo menos cobrando y tomando decisiones. Es mucho esfuerzo para conseguir muchas fiestas diferentes para unos cuantos, en lugar de unas fiestas de Palma para todos. Una batalla que no se resolvería durante mucho tiempo, eso está claro, pero sus resultados tampoco serían efímeros llegado el caso.

El arma es la organización, y está claro que funciona. Basta ver la cantidad de proyectos de cultura no institucional que están en marcha. Proyectos que hacen daño a lo convencional y que hacen temblar sus cimientos, sólo que tal vez no se ha calculado que la estructura va a caer encima de nosotros.

Porque localizado el enemigo, hay que hallar su punto débil. No sirve darle la espalda y hacer como que no está. Y en esta dinámica nos hallamos, fomentando la cultura privada en lugar de exigir una cultura pública, que fomentaría el aprendizaje, el acceso y el disfrute para todos por igual, además de garantizar un futuro no basado en la competitividad para la gente del sector. Cubriendo los espacios que deja vacíos el Estado profundizamos en la separación entre el mismo y las que debieran ser sus funciones, acercándonos al día en que lo único que relacione a cultura con Estado sea Saber y Ganar.

Víctimas de nosotros mismos, sabiendo que ni la educación ni la sanidad pasan por buenos momentos, parece que hemos olvidado que el hombre ya descubrió el fuego. Los museos, el Ayuntamiento, los casales de barrio y las calles, todo eso es nuestro. Y sinceramente, preferiría verlo todo en llamas que así.

No es un llamamiento a la violencia, es un requerimiento de la razón. La reflexiones no interesan y el diálogo ha demostrado ser absurdamente innecesario, es por eso que se vislumbra la acción, el desprecio, el odio y la insumisión como opciones legítimas en semejante situación. Quizás no sea el momento de investigar nuevos modelos culturales si no de defender aquél en el que hasta hace tan poco creíamos, de exigir que se lleve a cabo.