Dios, La vida violenta hecha un poema

Dios

Se podría decir que mi bagaje musical under se inició cuando me vinculé con la parte más al sur de Sudamérica. Lovewilltearusapartagain pero, sobre todo, Dios son el origen de lo que soy ahora. La cultura undergound la descubrí así, allí.

Yo venía de una isla muerta, plagada de esa ciega conformidad, de una juventud hastiada, decepcionada de todo lo que me rodeaba, esclava de unas fantasías que nunca se cumplían. A los diecinueve años y con un futuro universitario muy negro, decidía ponerme a trabajar y abandonar mis estudios artísticos. Mi propósito: ganar pasta para largarme de la roca e irme lo más lejos posible. Elegí Buenos Aires, la ciudad que me desvirgó, la que me robó la inocencia, la que en su mayor parte me hizo ser quien soy. Lo digo ahora, lejos de esa patria que no me pertenece, pero de la que no podría prescindir: Mi madre adoptiva. Musicalmente, ella me mostró casi todo lo que conozco ahora, cuando en esta isla no se vendían camisetas de los Ramones en Zara y cuando nadie o casi nadie llevaba la camiseta de Unknown Pleasures. Sí, eso sucedía. Yo la compré en las galerías de la avenida Santa Fe, unas galerías llenas de tiendas de discos, tiendas de ropa de diseñadores jóvenes, puestos de segunda mano, lugares donde tatuarse, pero sobre todo llenas de esas disquerías pequeñas y repletas de discos, de los que ahora podría reconocer infinidad que, sin embargo, entonces eran sólo dibujitos amontonados en archivadores. Me fascinaba caminar por ese Centro comercial sin lucecitas, ni familias de la mano y atestado de esa juventud “rockera”. Repito que yo era una pendeja y venía de una isla diminuta, si la comparamos con la inmensidad de cemento que es Buenos Aires. La compré a pesar de no llevar nunca camisetas de grupos, porque en mi apartamento de 30 metros cuadrados, en la esquina de la calle Paraguay con Bulnes lo único que sonó fue Joy Division, los gritos de los vecinos y una emisora de tango que me ponía cuando el cassette negro de los de Manchester sacaba humo. Aún la conservo, la camiseta. Como el tesoro arqueológico del fin de mi adolescencia o primera juventud.

Dios

Mi historia con esa parte del mundo es casi tan fuerte como la que me une con esta isla, sólo qué allá llegué por voluntad propia. Tuve la gran suerte y de la forma más extraña de contactar con gente increíble. Pero el tema que nos ocupa es Dios. La banda que representa toda esta parte de mi vida y algo más. La banda sonora de esa juventud minoritaria de los noventa en Capital Federal que tuvo que lidiar con una ciudad destartalada y cruel. Una juventud que escuchaba Dios, eran los menos y además debían tener una característica concreta: la sensibilidad intacta y un realismo voraz. “El campeón no cae, el campeón se aferra a su destino y sonríe con la luna”. Una luna que choca contra una botella. Choquemos, nos espetan en otro tema, choquemos cuando nos cruzamos cabizbajos en el subte, en la calle, hagamos que toda esa masa uniforme de gente implosione, “no nos evitemos más, choquemos juntos, que el día recién empieza. ¿Para qué trabajar? Tanto con la cabeza”. ¿Se puede decir que crucé el charco por Dios? Indirectamente y directamente, sí.

Dios

A Dios los conocí curiosamente, en Palma. Recuerdo perfectamente cuando y donde lo escuché por primera vez, rememoro mi primera reacción una y otra vez, sentada en esa mesa de comedor con mantel de plástico y lleno de colores en un piso desconchado con vistas a la plaza de toros, cuando a España venía gente de todo el mundo a trabajar. Recuerdo también que no me inmuté ante lo que a mi parecer fue una bola de ruido infernal. No fue la última vez que lo hice y a medida que pasaba el tiempo y conseguía descifrar el entramado sonoro que era Dios, descubría lo que ahora considero una obra musical esencial, cantada en castellano, asociada no solamente a una representación musical, sino a un concepto mucho más amplio, a un poema musicalizado, a un arañazo en la cara, a una verdad silenciosa. Una honestidad brutal que te escupe desde un reino de Cemex.

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Esa conexión cósmica de la que hablo tantas veces se manifestaba perfectamente en ellos tres: Pedro Amodio, Tomás Nochteff y Javier Aldana. No eran ningunos santos, pero que tengan nombres bíblicos confirmaría esa conexión astral. Yo no era de Buenos Aires, no me había criado en una ciudad que representaba el cielo y el infierno por partes iguales, pero sentía una mimetización perfecta con sus letras, su oscuridad, su rabia, su modernidad y aunque se diga que fue una banda puramente porteña, no encontré traba alguna en conectar con el mensaje que teledirigían, a kilómetros de distancia de donde se gestó. La integridad salvaje de esos poemas de cemento comidos por la vegetación, sobre esa música caníbal, extraña, primitiva y urbana a la vez, me llevaban directamente sin mediar hasta lo más profundo de mí misma. Posiblemente, el grupo que más se ha reproducido en mis oídos, montada a lomos de mi antigua bici azul brillante, cantando letra por letra el disco entero y viendo como Palma se convertía poco a poco en una mega-ciudad sudamericana.

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Dios nació en un barrio periférico de Buenos Aires llamado Lomas de Zamora. Allí cuando hablamos de barrios bien podríamos hablar de ciudades; Buenos Aires tiene eso, es como una telaraña de ciudades dentro de una ciudad enorme, que se extiende a lo ancho casi sin mediación urbanística del gobierno de la ciudad. Una ciudad que crece construida por las manos de sus habitantes. Una ciudad bañada por un río inmensamente tóxico. Sobrevolarla un día nublado es una de mis visiones más fuertes. Está considerada una de las ciudades con más extensión del mundo. En el garaje de uno de esos barrios, que tenía Javier Aldana en su casa familiar, empezó la historia de este trío: banda en la sombra, banda de culto y banda de cierta repercusión posteriormente, cuando ya estaban separados y dos partes estaban en Europa, todos con proyectos diferentes. Como suele suceder, a Dios le llegó el reconocimiento tarde.

Pedro venía de proyectos musicales anteriores como Yo soy mío, y Tomás de El pesa-nervios, primer proyecto musical del ahora compositor Pablo Krantz. Supongo que su encuentro debió de ser inevitable. Pedro se subía al escenario semanalmente en El Paracultural, un centro cultural en el que se bailaba tango por las tardes, se representaban obras de teatro independiente y de noche en el sótano tocaban bandas,  a recitar sobre el punk frenético de Yo soy mío (no existe que yo sepa grabación alguna de ellos y no es casualidad que existiera más tarde el famoso grupo para adolescentes El otro yo, dos miembros son primos de Javier, el batería de Dios), y a esperar a su público en algunos casos eufórico y en la mayoría con la frase “vos no sabés cantar” en la boca.

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Son muchas cosas las que suceden en los diez años que dura Dios, conciertos en lugares dejados de la mano de…, luego Centros Culturales oficiales, giras por Argentina y sin cesar en esos bares nocturnos donde siempre hay música en vivo: El fin del mundo, el Podestá y un largo etc… La grabación en directo de su primera edición en cassette y con un Fatty Arbuckle atrapado en una botella, sí ese gordinflón simpático del cine mudo que, impotente por el alcohol y ante una belleza desnuda decidió penetrarla con una botella hasta la muerte. Que jodido que el nombre de la víctima fuera Virgina Rappe, una extraña premonición. La culminación de su recorrido con la grabación en estudio en el año 2000, que en mi opinión transformó hasta el punto de ser irreconocible el sonido que realmente tenían, con una batería y una voz apagadas y demasiados sonidos y arreglos, temas auto-censurados por sus letras, quizás demasiado arriesgadas en un País donde la brutalidad y corrupción policial están a la orden del día. El cabo le pega a su esposa y le pega a sus hijos. Muchas locuras y anécdotas que no os voy a contar jamás.

He conocido músicos de todos los tipos, virtuosos, creativos o intérpretes. ¿Pero qué sucede cuando músicos que no necesariamente son músicos en el sentido clásico, usan el sonido para expresar una idea mucho más compleja que lo que las notas, acordes, escalas y composiciones musicales pueden dar? Al final y no en todos los casos, pero en este sí, crearon un estilo irrepetible y único. Un sonido que sólo pudo suceder allí, que sólo pudo salir de ellos, los tres.

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Pedro suele decir: “El cociente intelectual de la masa es inferior al cociente intelectual del individuo que la forma”. Dios creó la música desde el individuo y no desde la corriente musical que hubiera; fue una banda que giró sobre su propio eje, ajenos a modas y ajenos de alguna forma al público, aunque fuera el suyo. Al escuchar las letras puedes prever perfectamente en qué mundo vivían y sobre todo cómo lo vivían. La literalidad poética de Pedro habla por sí misma. En un mundo devastado, Pedro veía princesas. En una ciudad corrompida, ellos encontraron la forma de expresar su rabiosa sensibilidad. En ese contexto, esa bola de ruido que escuché la primera vez fue dejando pasar los claros de luz y poco a poco encontré la fuerza sonora e iluminada que eran. El tres definitivamente es un número mágico.

Parece que al fin saldrá a la luz el documental en el que Mariano Báez ha estado trabajando durante dos años, moviéndose de un lado a otro del mundo. Vino a Palma a entrevistar a Pedro, estuvo en Berlín para hablar con Tomás y con Javier en Bs As, recopilando todo lo que pudo, vídeos, algunos que ni siquiera ellos mismos habían visto y entrevistando a la gente que lo vivió de cerca.

Si viviéramos en una ciudad del futuro escucharíamos a Dios.

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